Aquelarte 2026: fotografiar la magia

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Llegué a Aquelarte acompañado por Ariel, que ejerció de copiloto durante todo el trayecto desde Cartagena. Bueno, “copiloto” quizá no sea la palabra exacta. El verdadero responsable de que el viaje se hiciera corto fue Jose Meroño, que consiguió la hazaña de hablar prácticamente durante cada kilómetro del recorrido. Entre historias, anécdotas y conversaciones de todo tipo, apenas quedaron espacios de silencio. Lo cierto es que cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos llegando.

Nada más entrar en la finca empecé a recorrer las distintas salas donde se desarrollarían los talleres, las presentaciones, las exposiciones y las comidas. Y ahí apareció el primer reto fotográfico del fin de semana.

Todo ocurría en interiores.

Y cuando digo interiores, no me refiero a grandes salones con amplios ventanales y luz natural entrando a raudales. Hablo de espacios con muy poca iluminación, algunos sin ventanas y con una luz artificial bastante escasa. Como fotógrafo, esas situaciones siempre tienen dos lecturas: complican mucho el trabajo técnico, pero al mismo tiempo aportan una atmósfera especial imposible de conseguir en otros entornos.

En la zona del photocall pude crear una iluminación más controlada gracias a dos flashes acompañados de dos octabox. Aquello me permitió generar una luz suave y agradable para retratos y fotografías de grupo, manteniendo el ambiente mágico que Cristina y todo el equipo habían preparado durante meses.

La bodega fue otra historia.

Allí se celebraron las cenas, actuaciones y muchos de los momentos más emotivos del fin de semana. Era una estancia larga y estrecha, con techos relativamente bajos y una iluminación muy limitada. En este caso opté por trabajar principalmente con flash en cámara, utilizando velocidades cercanas a 1/60s, aperturas amplias y sensibilidades ISO elevadas para conservar parte de la luz ambiente. Sabía que la iluminación no alcanzaría de forma uniforme hasta el fondo de la sala, así que calculé la exposición pensando también en el trabajo posterior de edición, donde podría recuperar parte de esas diferencias.

Lo que no había previsto era la batalla constante contra la decoración.

Decenas de elementos suspendidos mediante hilo de pescar flotaban sobre nuestras cabezas creando una escenografía espectacular para los asistentes… y un auténtico campo de obstáculos para el fotógrafo. Más de una vez tuve que encontrar rutas alternativas para moverme entre las mesas sin convertirme involuntariamente en parte de la decoración.

Y luego estaba el espacio.

Cuando todas las asistentes estaban sentadas durante las cenas apenas quedaba sitio para desplazarse de un extremo a otro. Hubo momentos en los que simplemente era imposible atravesar la sala. Tocó anticiparse, buscar posiciones estratégicas y aprender a esperar el instante adecuado.

Porque muchas veces fotografiar un evento consiste precisamente en eso: estar donde va a ocurrir algo unos segundos antes de que ocurra.

La presentación de Aquelarte y de la serie “Las Hijas de Gaia”, de César Chavarría, fue otro de esos momentos especiales. Las obras lucían impresionantes y llenaban la sala de una presencia casi mágica. Nuevamente la falta de luz obligó a exprimir al máximo el equipo, pero también contribuyó a crear una atmósfera misteriosa y envolvente que encajaba perfectamente con el espíritu del evento.

Afortunadamente, cuando salíamos al exterior todo cambiaba.

Cuando veo las fotografías de mi hermanito vuelvo a vivir cada momento del evento. Tiene una sensibilidad especial para capturar emociones y convertir recuerdos en imágenes que cuentan historias❤️

Cristina

La luz natural devolvía la tranquilidad al fotógrafo.

Los talleres al aire libre, las conversaciones improvisadas, las risas compartidas y los retratos entre árboles y jardines ofrecían escenarios mucho más cómodos técnicamente. Aunque, siendo sincero, las verdaderas responsables de que aquellas fotografías funcionaran tan bien fueron las propias asistentes.

De las manos de las alumnas —y también de las maestras invitadas que compartieron sus conocimientos— surgían auténticas obras de arte. Pero más allá de los proyectos, lo que se percibía constantemente era una energía muy especial. Había ilusión, compañerismo, emoción y muchas ganas de compartir. Todo eso acaba apareciendo delante de la cámara.

Y cuando sucede, el trabajo del fotógrafo se vuelve mucho más sencillo.

Durante los tres días llevé colgadas mis dos cámaras prácticamente de forma permanente. En una de ellas monté mi inseparable 24-70 mm, la herramienta perfecta para cubrir la mayor parte del evento. En la otra, casi siempre un 85 mm, ideal para retratos y para capturar gestos y emociones sin resultar invasivo.

Como siempre, llegué cargado hasta límites absurdos.

Objetivos para prácticamente cualquier situación imaginable, flashes, baterías, accesorios y hasta un teleobjetivo 200-600 mm que, siendo honestos, tenía exactamente las mismas posibilidades de ser utilizado que de encontrar un oso paseando por la finca.

Al final, como ocurre casi siempre, terminé trabajando con apenas una pequeña parte del equipo.

Pero también es cierto que existe una ley no escrita entre fotógrafos: el día que decides dejar algo en casa es exactamente el día que lo necesitas.

Eso sí, después de este fin de semana he asumido una realidad inevitable: necesito una maleta rígida con ruedas y espuma interior. La mochila ya está pidiendo la jubilación anticipada.

Uno de los momentos más divertidos llegó durante las fotografías de grupo. Porque por mucho que organices una foto perfectamente, siempre existe la posibilidad de que alguien desaparezca justo en el momento del disparo. Algún despistado, alguna llamada, alguna conversación interesante…

Así que en alguna ocasión tocó recurrir a la magia digital: fotografía individual, recorte preciso y colocación posterior en la imagen grupal. El resultado fue perfecto y, además, añadió una pequeña historia extra al proceso.

Mención especial merece la discoteca improvisada.

Allí aproveché para jugar con una técnica que me encanta: los barridos con flash. Utilizando velocidades relativamente lentas, alrededor de 1/10 o 1/15 de segundo, junto con el destello del flash al final de la exposición, conseguí congelar a la persona principal mientras las luces y el movimiento quedaban convertidos en estelas dinámicas alrededor suyo.

Son fotografías que transmiten exactamente lo que se estaba viviendo en ese momento: música, energía, movimiento y diversión.

Pero más allá de cámaras, flashes y objetivos, Aquelarte fue sobre todo una experiencia humana.

Ver a Ariel instalar discretamente su piano en un rincón de la bodega fue uno de esos momentos que un padre guarda para siempre. Más tarde, su primo Naïm cogió una guitarra, reunió el valor necesario para cantar delante de todos y terminó dedicando una canción a su madre mientras ambos compartían escenario después de haber pasado gran parte del día ensayando juntos.

Fueron instantes sencillos, auténticos y tremendamente emotivos.

También fue imposible no fijarse en personas como “Mauro”, capaz de provocar carcajadas durante el “Aquagym” – o lo que fuera aquello- , o en el enorme trabajo realizado por su alter ego Cuni, Laura e Irune para que todo funcionara. Mi madre, siempre en segunda línea solucionando problemas antes incluso de que aparecieran, o mi tía, que además de ayudar en todo se sumó a la experiencia como una alumna más.

Y me encantó compartir tiempo con los más jóvenes.

Hay algo en ellos que transmite ilusión, energía y optimismo. Durante algunos momentos consiguieron que olvidara cuántos años tengo y me hicieron sentir de nuevo como aquel chaval de veinte años que creía que podía hacerlo todo.

Luego llega el espejo y te recuerda la realidad.

Pero mientras dura, merece la pena.

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